Abrazando el miedo


EL MIEDO (fragmento)

Pérez González, Rosalía. Abraza tus emociones: Miedo, rabia, tristeza y alegría (Spanish Edition) . Amat Editorial. Edición de Kindle.




El miedo es una emoción primaria y angustiosa, provocada por la percepción de un peligro ya sea real o producto de la imaginación, tanto presente como futuro.

Es la emoción más básica y la primera que sentimos al nacer, cuando, del vientre materno, un lugar seguro y placentero, pasamos a un mundo amenazante y potencialmente peligroso. La principal función del miedo es la protección y por ello, en cuanto sentimos que una situación es amenazante, el cuerpo instintivamente se pone a nuestro servicio para la supervivencia: la frecuencia cardiaca aumenta, la respiración se vuelve jadeo, el vello se eriza (lo que tiene mucha utilidad para los animales, pues el pelo erizado les hace parecer más grandes, atemorizando así a un posible enemigo), las pupilas se dilatan para que entre más luz, se detiene toda función que no sea esencial (como el sistema inmunitario), etc.

La función del miedo está diseñada para la supervivencia y aún hoy, que ya no tenemos que protegernos frecuentemente de ataques de bestias salvajes como nuestros ancestros, el miedo pone en alarma todo nuestro cuerpo cuando puede existir un posible peligro. Sin embargo, estas respuestas físicas también se desencadenan cuando existe un miedo psicológico, es decir, un miedo a un peligro que no es inminente ni concreto. El miedo psicológico ni siquiera se enfrenta a un peligro real porque se sitúa en el campo de lo posible. Tan solo es algo que podría pasar, que nuestra mente sitúa como una realidad del futuro. Si este miedo no se controla y nos dejamos llevar por angustias injustificadas, producto de nuestra alocada capacidad imaginativa, podemos vivir en un constante estado de ansiedad. Esto no solo genera malestar físico, que va desde las taquicardias y las tensiones musculares a ser permeable a un gran número de enfermedades (dado que el sistema inmunitario está al mínimo), sino que puede provocar serios problemas mentales como fobias y trastornos obsesivo–compulsivos. Además, en este permanente estado de alarma nos volvemos muy vulnerables. Es por ello que desde hace siglos este tipo de miedo ha sido aprovechado por algunas personas para ejercer dominio sobre otras, para levantar murallas o para justificar guerras. En estado de alerta, toda la energía que poseemos está destinada a dar una respuesta de protección, y por lo tanto, las posibilidades de crecimiento sean del tipo que sean –físicas, mentales, emocionales, creativas…– son mínimas.

El miedo, hay que repetirlo, cumple una función muy importante y beneficiosa que es la de nuestra protección. El miedo nos repliega hacia adentro para advertirnos y cuestionarnos: ¿Estoy capacitado para afrontar esto? Nos aporta prudencia y pone en alerta para que nos preparemos para afrontar situaciones y personas. Sin embargo, se puede volver contra nosotros cuando nos paraliza, cuando nos aparta de la realidad o cuando nos hace estar en un permanente estado de ansiedad.

Hay muchos tipos de miedo. Algunos son comunes, como el miedo a la enfermedad, al fracaso, al rechazo social, a la pérdida de poder, a la soledad, al cambio, a la escasez, a la vejez… Otros son miedos más particulares, como el miedo a las arañas, a los espacios cerrados o a hablar en público. En general, la mayoría de los miedos que nos paralizan se pueden ir superando con la práctica.

Para ello, lo primero que hay que hacer es identificar el miedo, averiguando qué lo hizo aparecer por primera vez. La imaginación tiende a amplificar los miedos, así que es importante tratarlos de la manera más aséptica posible y preguntarse: ¿De dónde viene este miedo?, ¿por qué sigue afectándome?

El segundo paso consiste en encarar el miedo poco a poco, de tal manera que vaya paulatinamente perdiendo fuerza. Se dice que el valor no es la ausencia del miedo sino la conquista de este. Y así, día a día y poco a poco podemos ir enfrentando nuestros miedos. Si, por ejemplo, tienes un miedo descontrolado a hablar en público puedes proponerte hablar primero a dos personas, luego a un pequeño grupo más numeroso y, después, cuando cojas confianza, a un público. Hay que recordar siempre que el peor enemigo es la mente, quien gusta de amplificarlo todo, y también que podemos gestionar lo que ocurre ahora pero no algo que acontece en el futuro, por lo que no tiene sentido dejarnos paralizar por este tipo de miedos. Por eso, «hazlo, y si te da miedo, hazlo con miedo».

Para reflexionar

¿Qué es realmente lo que me da miedo? ¿Puedo identificar con claridad el miedo: a la enfermedad, a la soledad, a la vejez, al rechazo social, a la escasez, al cambio…? ¿Es un miedo hacia un peligro real o imaginario? ¿Me dejo llevar por angustias injustificadas? ¿Doy rienda suelta a mi imaginación sabiendo que puede generar ansiedad? ¿Soy consciente de que estas fantasías tienen un impacto en mi realidad a pesar de ser construcciones imaginadas de mi mente?

¿Siento que vivo en un permanente estado de alerta? ¿Tiendo a sobreprotegerme? ¿Cómo siento el miedo? ¿En qué parte del cuerpo lo identifico? ¿El miedo me bloquea, me impulsa a huir o me insta a luchar? ¿De dónde viene este miedo? ¿Por qué sigue afectándome? ¿Creo que descubriendo el origen del miedo podré liberarme de él? ¿Qué me está tratando de decir este miedo? ¿Cómo quiere ayudarme? ¿Cómo puedo hacer frente a este miedo?

 Dedicar tiempo a las emociones es abrir el regalo que cada emoción nos trae y revelar su por qué y su para qué. Las emociones nos dan mucha información sobre lo que nos está ocurriendo y lo que es relevante para nosotros en un momento concreto. Por tanto, y a pesar de que la sociedad se empeñe en estigmatizar ciertas emociones como la rabia o la tristeza, no existen emociones buenas o malas. Es cierto que algunas pueden ser dolorosas, pero si las acogemos sin juzgarlas y con compasión, el aprendizaje y el crecimiento está asegurado.

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